«1917»: ecos de guerra

Autor: Alejandro Morala
Tiempo de lectura: 3 min.
Categorías: Espectador





El corredor de la muerte

En los primeros minutos de “1917” (2019), la última película del director británico Sam Mendes, se nos presenta al soldado Schofield (George MacKay) recostado sobre un árbol en mitad de un apacible paisaje. El viento sopla ligeramente y algunas briznas de hierba bailan con él. Salvo por el sucio uniforme del soldado, la escena transmite armonía y serenidad. No obstante, Schofield no tardará en despertarse del sueño y nosotros con él: estamos en plena 1ª Guerra Mundial, ha comenzado “1917”.

Poster de 1917
Poster de 1917

El argumento de la película nos remonta al ecuador de la llamada Gran Guerra (¿hace falta decir el año?), concretamente, en las filas del ejército británico. Dos personajes centrales sostendrán el peso de la película: los soldados Schofield y Blake (Dean-Charles Chapman). Estos dos jóvenes se verán inmersos en una misión de máximo riesgo: deben traspasar el territorio enemigo para entregar un mensaje a parte del propio ejército, allí situado. Si lo consiguen, impedirán la muerte de cientos de soldados, entre los que se encuentra el hermano del mismo Blake. No obstante, el tiempo apremia: tienen sólo un día para entregar el mensaje.

El género es más que evidente. Nos encontramos con un film bélico en el sentido más riguroso del término: “1917” muestra la guerra en estado puro, sin olvidar la crudeza y el terror que ella comporta. Se fundamenta en una trama algo sencilla (entregar un mensaje de urgencia), pero su idea central ya es suficientemente potente: la guerra es una carrera a vida o muerte, la meta es sobrevivir. El ritmo de esta carrera será frenético, a contrarreloj. Así, la guerra se nos presenta como una pesadilla, una bajada a los infiernos, donde la tensión por no saber si morirás, es peor que la propia muerte.

La técnica

Un elemento, quizás el más resaltable de la película, es su portento técnico. Y es que toda ella se nos presenta en un único plano secuencia, es decir, sin cortes. La asfixia se ve acentuada por una cámara que persigue a nuestros protagonistas a lo largo de kilómetros de distancia sin darnos prácticamente tregua. Casi como si de un espectáculo de trapecistas se tratase, la fotografía de Roger Deakins parece realizar acrobacias ante nuestros ojos. La cámara se eleva sobre las trincheras, se deja llevar por cascadas, observa curiosa entre árboles, avanza fugaz por los campos. Ágil, ligera, pero potente y punzante.

Las casi dos horas de la película no darán respiro al espectador. En ocasiones asfixiante como un derrumbe de tierra, en otras hipnótica como una villa en llamas, el film nos sumerge en una experiencia más física que psicológica. Nos remite a títulos como “El renacido” (2015) de Alejandro G. Iñárritu, donde el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio lucharía intensamente por su supervivencia. “El renacido” y “1917” comparten esa apuesta por la crudeza de lo físico. Sentimos los daños que ellos sufren, el frío del agua, la aridez de la tierra. No obstante, Iñárritu planteó en “El renacido” un aspiración a lo espiritual y trascendente del personaje. Mendes, por el contrario, prefiere quedarse en terreno de combate, ser un soldado raso. Las licencias líricas del film (pensemos en la secuencia de la villa, tan estéticamente artificial como visualmente bella) siempre redundan en la violencia del conflicto bélico.

Por otro lado, la técnica no parece despistarnos demasiado. El mismo Iñárritu ya realizó una película toda ella en plano secuencia: la multipremiada “Birdman o (La Inesperada Virtud de la Ignorancia)” (2014), pero en este caso la fotografía de Emmanuel Lubezki acababa por sacarnos de la historia. En “1917” nos olvidamos prácticamente de la cámara, aunque nos maravilla la belleza de sus imágenes. Esta es una de las grandezas del film: hacernos creer que no estamos viendo una película sobre la guerra, sino la misma guerra.

El suspense conseguido en ese camino hacia la entrega, hace imposible que nos detengamos a reflexionar sobre la guerra. Se nos presentará la idea de inocencia e incluso de absurdo existencial en los personajes, pero los discursos sobran frente a la implacabilidad de las bombas. Otros films bélicos como «Platoon» (Oliver Stone, 1986) o «Apocalypse Now» (Francis Ford Coppola, 1979), sí presentan una marcada dimensión psicológica y una profunda y crítica reflexión sobre el belicismo. No obstante, esta no es la intención de Sam Mendes, ni la vocación de su film. “1917” es un ejercicio técnico y artístico deslumbrante, y resulta eficaz como un cañonazo, adrenalínico como un sprint.

Al final del film, un eco resonará en nuestro interior. Nuestra respiración se tranquilizará, pero un poso permanecerá latente. Es el poso que deja la guerra, el terror que nos despierta pensar que todo lo visto realmente ocurrió. Un eco que se prolongará durante días, junto a la convicción de que nos encontramos ante uno de los mejores retratos bélicos de los últimos tiempos.

Imagen vía Wikipedia

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